El bellísimo salmo 130 es llamado de “Salmo del abandono”. Estas palabras fueron pronunciadas por un David maduro y que, despúes de años de lucha, siente que no vale la pena perder tiempo en comprender cosas que están más allá de su capacidad de entender. El aprende que cuando quiere muchas explicaciones, en realidad está hiendo atrás de un falso dios, de aquellos al que se puede manipular libremente.
Esta oración nasce de un corazón pacificado:
Señor,
Mi corazón no se llena de orgullo, mi mirar no se levanta arrogante. No procuro grandezas, ni cosas superiores a mí. Al contrario, mantengo en calma el sosego de mi alma. Tal como un niño en el seno materno, así está mi alma en mí mismo.
Podemos imaginar al viejo David probablemente sentado confortablemente en su suave silla, contemplando desde lo alto de su palacio todo el reino de Jerusalén y las vastas tierras conquistadas de las manos de los enemigos.
Sus palabras muestran como este hombre de Dios conquistó verdaderamente la paz:
Primero, teniendo un corazón insento de orgullo. Tal vez cuándo era más joven fuese más orgulloso. Cuantas veces no debe haberse puesto vanidoso por sus victórias: en la lucha contra el gigante Golias, en la disputa con el rey Saul de la cual salió vencedor aclamado por todo el pueblo y finalmente por haber sido el mayor de todos los reyes que ya habían pasado por aquellas tierras. Vivió, así, siempre cercado de riquezas y glória (I Cro. 29,28). Quien no se orgullaría de ese currículo?
A medida que envejecia, aquel hombre de Dios comprendia la vanidad escondida en todas las conquistas de la vida y por eso aprendió a reconocer quien es el verdadero merecedor de la gloria. En el momento de su muerte, rezó otra vez: “A vós, Señor, la grandeza y el poder, la honra y la gloria, porque todo lo que está en el cielo y en la tierra os pertenece. És de vos que viene la riqueza y la gloria, sois vós el Señor de todas las cosas..., y es vuestra mano que tiene el poder de dar a todas las cosas la grandeza y solidez” (I Cro 29,11s).
Esta oración, en el momento de la muerte, nasció de alguien que entendió la finalidad que las cosas tienen en su vida. Los últimos momentos son la ocasión de dejar todo lo que acumulamos durante la vida en las manos de la muerte. Un corazón que conquistó la paz no teme a la muerte y lo que ella pueda llevar.
No llenar nunca el corazón de orgullo, y enseguida, no mirar con arrogancia. Tener la arrogancia en la mirada es mirar desde encima porque alguien se siente encima. El ego parece incharse y así, todo lo que veo parece demasiado pequeño y el otro se encoge con mi mirada.
Una persona que actúa de esa manera no tiene paz, pues su mirar no ve por dentro, y no vé por dentro porque se acostumbró con lo que está por fuera. Cúando alguíen mira en los ojos de una persona y ni percibe si ella es negra o blanca, hombre o mujer, bonita o fea, entonces es capaz de ver la verdadera belleza y la única que realmente importa. Nuestro mirar arrogante se acostumbró a ver la belleza pasajera, aquella que cuando pasa por la mañana es espléndida, y no obstante, al pasar por el mismo local en la tarde, es de aquello que parecia bello y se fué.
Es necesario “bajar” la mirada, y cuando hago esto, me doy cuenta que lo otro tiene un lugar en mí, Dios tiene un lugar en mí; en otras palabras: entre más descubras su posición, más libre te sentiras.
Quedarse “aqui abajo” es relacionarse con la dimensión “tiempo”. Muchas personas poseen una mirada arrogante porque no se dieron cuenta de que están viviendo en esta, y no en otra dimensión. Descubrir el tiempo es lograr darse cuenta que este es soluble, y que todos nuestros deseos no pasan de algo “impermanente”. Si queremos vivir en paz, es necesario que descubramos algo permanente, algo que no se reemplace con el sabor de nuestros deseos. Tal vez sea por eso que muchos matrimonios fracasan. Los dos buscan en una unión justamente aquellas cosas que pasan: pasión deseo, y compañía. Es imposible que la paz habite en la vida de una pareja si falta un elemento estable, aquel que permanece siempre el mismo y que no cambia de acuerdo a nuestros interéses del momento. És necesario que Dios, el eterno, “siempre el mismo” sea el tercero y más importante elemento en la vida de la pareja.
Un otro elemento sobre el cual David se basó para encontrar la paz podemos verlo en las palabras: No busco cosas grandes, ni cosas superiores a mí. Independiente de ser un hombre rico, no buscaba la riqueza con un propósito en sí mismo.
El trabajo puede representar bendición o maldición. Si con este buscamos algo que está muy encima de nosotros o, en otras palabras, nos preocupamos tanto con el que nos olvidamos de vivir, entonces representa un mal. Vivir, siempre será más importante que sobrevivir. Un día Gandhi estaba en un bagón repleto de gente en la Índia; los reporteros lo alcanzaron y le pidieron que les diese una enseñanza, a la que él respondió: “La forma como vivo mi vida es mi enseñanza”.
Saber vivir no es una cosa así tan simple. Muchos sufrimientos existen por cuenta de las injusticias sociales, pero gran parte de nuestro dolor proviene de la manera como nosotros mismos vivimos. El problema es que continuamos buscando siempre la felicidad en las cosas, no entanto, no las encontramos allí. Apostamos todo en nuestra inteligencia, en nuestros relacionamientos, en aquello en lo que podemos lucrar, etc. Los trabajadores de las minas de piedras preciosas saben que pueden sacar riqueza de allí, pero por otra parte, saben también que no deben confiar en la mina. A cualquier momento esta se puede venir abajo y todo estará perdido, hasta la própia vida!
El apóstol Pablo enseña para sus discípulos aquello que aprendió para sí mismo: sentirse satisfecho en cualquier ocasión: Sé lo que es vivir en la pobreza, y también lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a hacer frente a cualquier situación, lo mismo a estar satisfecho que a tener hambre, a tener de sobra que a no tener nada. A todo puedo hacerle frente, pues Cristo es quien me sostiene. (Fil 4,12-13).
En último lugar, David afirma que encuentra la paz en la calma y en la serenidad: mantengo en calma y serendad mi alma. Tal como un bebé en el seno materno, así está mi alma en mí mismo.
Un día una mujer samaritana le preguntó a Jesus donde se debería orar. Jesus le respondió que el mejor lugar es en el corazón del hombre. Allí se adora en espírito y verdad. Con eso, Jesús quería decir que en todo ser humano hay un lugar secreto, un cómodo de quietud y paz, un lugar de contemplación. En esa parte escondida de nuestro ser, Dios determinó que ninguna cosa creada puede entrar y traer cualquer satisfacción. Será siempre una parte que sentirá hambre y sed constante, será siempre pobre y llena de deseo que nunca podrá ser satisfecha. Allí solamente Él podrá llenar todo el vacío y saciar toda el hambre. El único acceso a ese local es el “no hacer nada”, y la posición física puede ayudar. Es sentarse y contemplar. Nada más interesa, ningún compromiso es urgente, nada merece nuestra atención a no ser el “Yo Soy”, nombre con que Dios se reveló a Moisés.
Una vez un hombre bien sucedido vino a conversar conmigo. Estaba visiblemente desesperado. Me preguntó: “Que hago?” Yo le respondí: “No hagas nada. No hay nada que pueda ser hecho”.
El siempre tenía todo muy bien planeado en su vida. Trabajó para que su familia tuviera todo, escogió el mejor plano de salud que garantizaría el mejor hospital del país. Hizo un plano de pensión de retiro que le daría condiciones de mantener el mismo estandar de vida que tenía hasta hoy. Hasta su religión estaba programada para que le valiese en el momento de necesidad. Al final de todo esto, descubrió que tenía poco tiempo de vida. Una enfermedad silenciosa fue instalándose en el, y esta no se encontraba dentro de sus planos. Usó su mejor plano de salud, el mejor hospital y los mejores médicos. Desafortunadamente, nada de eso lo estaba logrando salvar. Las cosas estaban escapando de su control de una forma que nunca había acontecido antes. Así como Jesús en lo alto de la cruz, gritaba: “Mi Dios, por que me has abandonado?”. De hecho, no entendía como un buen católico podía sentir tamaña ausencia de Dios.
La teología católica nos enseña que Dios es el inmutable. No podemos imaginar que antes Él estaba conmigo y ahora no está más, esto es, el no está con nosotros cuando las cosas están bien y se va cuando van mal. Lo que desaparece no es la presencia, y si la sensación de la presencia, y cuando esta se va es un alivio, al contrario de lo que la mayoría piensa. La sensación solo estorba nuestra visión de las cosas. Él continúa ahí, El está ahí apesar de que no percibamos más. Esa es la real definición de la fé. Lo que yo le dije a aquel hombre fué que aprendiera con el silencio, con la soledad, y con el no sentimiento.
El misterio de la Eucaristía debe permancer en eso mismo: un misterio. Solo con los ojos que contemplan y con el corazón que escucha podemos entender el tremendo don que se esconde dentro del velo del pan y del vino. Allí no somos nosotros los que vamos a Él con nuestras própias piernas o con la mejor de nuestras intenciones. Es Él quien viene a nosotros. Es Él quien visita a su pueblo. Nunca nuestra oferta llegará a los pies de su oferta. Él se da todo por entero, sin reservarse nada para sí mismo y sin desear que paguemos de alguna manera, por eso. La emoción, en la vida espiritual, es algo que siempre nos estorba. La Eucaristía no depende de ella, Cristo estará siempre allí independiente de nuestros sentimientos. El buen cristiano tendrá que llevar esa lección para su vida, esto es, para permanecer en paz constante, deberá aprender que el Dios Eterno e Inmutable y que estará siempre allí, y solo en la contemplación silenciosa podemos percibir eso.
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