Sin duda alguna, el gran tesoro que la Iglesia Católica posee son los sacramentos. Sacramentos son las señales del amor de Dios por la humanidad, y eso no agota el sentido que esa palabra carga, una vez que los sacramentos no son apenas señales de amor de Dios, sino que son el propio Dios en esas señales. De esta manera, para la doctrina católica, la ostia consagrada no representa a Jesús. Esta es Jesús! El sacramento de la reconciliación no simboliza el perdón de los pecados, y sí realmente perdona los pecados.
Jesús cuándo pasó por el mundo, curaba a las personas de sus enfermedades y males. Él continúa haciendo la misma cosa a través de los sacramentos de la Iglesia.
A nuestro modo de ver, dos sacramentos en especial pueden ayudar en la facilitación de la cura de la depresión: la eucaristía y la reconciliación.
Antes de todo, vamos a entender el sentido de la palabra “cura”. En los idiomas latinos, no usamos esa palabra bajo su verdadeiro sentido etimológico, y sí en aquel desgastado por la excesiva mistificación, lo que perjudica su real compresión. El verbo viene del latin curare que significa cuidar, tratar, y el sustantivo cura nos lleva al sentido de cuidado, tratamiento.
És muy triste ver el gran número de cristianos que se preocupan tanto en cuidar y tratar el cuerpo y no se dedican con el mismo empeño a “curar” el alma. Peor todavía es cuando no saben o no procuran conocer las disposiciones necesárias para recibir con dignidad tan maravillosos regalos divinos, y por eso el consejo del apóstol: “Así pues, cualquiera que come del pan o bebe de la copa del Señor de manera indigna, comete un pecado contra el cuerpo y la sangre del Señor. Por tanto, cada uno debe examinar su própia conciencia antes de comer del pan y beber de la copa. Porque si come y bebe sin fijarse en que se trata del cuerpo del Señor, para su propio castigo come y bebe” (1 Co. 11,27-30).
Parece terríble, Pero és eso. Los mismos sacramentos que pueden servir para nuestra cura y salvación pueden convertirse también en nuestra condenación si no nos aproximámos a estos con las disposiciones de alma necesarias: “Por eso muchos de ustedes están enfermos y débiles, y también algunos han muerto.” (1Co.11, 30).
Eucaristía y cura de la depresión
El gran misterio de la eucaristía reside en el hecho de que allí en el altar es el proprio Cristo que se ofrece a nosotros en sacrifício como víctima sin mancha (Heb. 9,14). Si en su vida terrena Jesús curaba a las personas, ahora él, por medio de la eucaristía, comienza a curarnos a partir de adentro, realizando una revolución interior que culmina con nuestra plena libertación. De hecho, “Él derramó su sangre como precio de nuestro rescate y purificación de todos nuestros pecados”9.
En que sentido la eucaristía puede significar alívio o cura de un enfermo que sufre con la depresión? De varias maneras:
1. La eucaristía implica un cambio.
Conforme al Concílio de Trento, “por la consagración del pan y del vino opera el cambio de toda sustancia del pan en la sustancia del Cuerpo de Cristo Nuestro Señor y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su Sangre; este cambio, la Iglesia Católica lo denominó con acierto y exactitud “transustanciación”.10. Cuando comulgamos, comienza en nosotros una operación de transformación. Nuestros sentimientos se eleban, nuestra vida se regenera, una alegria santa comienza a tomar cuenta de nosotros, como tomó cuenta de la primera santa nascida en tierras norte-americanas:
Elisabeth Ann Seton 11. vivió entre los años de 1774 a 1821. Era aún protestante cuando participó por la primera vez de una misa en la Iglesia Católica en su primera visita a Itália. Cuándo el sacerdote elevó la ostia consagrada, su amiga, que estaba a su lado, dijo en voz baja: “Este és el Cuerpo de Cristo”. La futura santa se agitó mucho con esas palabras y más tarde escribió:
Como seríamos felizes si creyésemos en lo que esas buenas almas creen. Poseen a Dios en el Sacramento, y aún Él permanece en sus iglesias y también es llevado a los enfermos! Oh, mi Dios! Cuándo ellos pasan con el Santísimo Sacramento debajo de mi ventana, mientras yo siento tristeza por mi situación, no puedo controlar mis lágrimas cuando pienso: Mi Dios, cuán feliz yo sería, si pudiese encontrarlo en la iglesia como ellos lo encuentran...
2. Quedamos unidos a Cristo.
El deprimido sufre porque está profundamente conectado a sus pensamientos obsesivos que lo llevan para dentro de sí mismo, y por eso no logra tener esperanza. La eucaristía nos lleva a la comunión con el propio Cristo: “El Padre, que me ha enviado, tiene vida, y yo vivo por él, de la misma manera, el que se alimenta de mí, vivirá por mí” (Jo. 6,57).
Después de haber comulgado yá no soy yo solo quien vuelvo para mis quehaceres. Ahora somos dos: Cristo y Yo. Así, en la hora del desespero y de la angústia yo puedo estar seguro de que él me acompaña y me ayuda cuando mis fuerzas declinen. Después de la comunión, deberíamos decir: “Ahora tengo conmigo, al própio Señor Jesús”. Eso yá sería suficiente para cualquier proceso de cura, una vez que la Palabra de Dios declara: “Quien posee al Hijo posee la vida” (1Jo. 5,12).
3. Quedamos unidos a nuestros hermanos
Quizá, la peor cosa que nos puede pasar es descubrir que no tenemos para que vivir, no tenemos un alvo, un objetivo a lograr, nadie para amar, nadie para cuidar. El microbiologista René Dubos de la Universidad Rockefeller, investigó personas que llegaron a los cien años de edad y descubrió que todos tenían características en común: además de poseer grandes ganas de vivir y cultivar la alegria, también se relacionaban con otras personas.
Uno de los efectos del contacto social, además de la reducción de la soledad, es el fortalecimiento del sistema inmunológico. Comunión con los hermanos, por lo tanto, trae salud y bien estar. Los miembros de la comunidad proporcionan vida y cuándo me relaciono con ellos, recibo una porción significativa de vida. Y por eso es que TODA misa es “misa de cura”. En el “abrazo de la paz”, en la “procesión de la comunión”, en las manos dadas para rezar el Padre Nuestro, en fin, en todo el intercambio de afecto, en el contacto con los hermanos, en la comunión de sentimientos, hay cura a la isolación, a la soledad y a la angustia. Y es por esto que ninguna persona que sufre de depresión debería faltar a la mesa de la comunión, especialmente los domingos, ya que en la apertura al otro está esa cura de la soledad y del egoísmo “porque así como en un solo cuerpo tenemos muchas partes, y no todas las partes sirven para lo mismo, así también nosotoros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo y estamos unidos unos a otros como partes de un mismo cuerpo” (Rm 12,4-5)
Sacramento de la Reconciliación y cura de la depresión
Un otro medio eficaz de cura es el sacramento de la reconciliación, conforme la doctrina apostólica: “Por eso, confiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros para ser sanados” (Tiago 5,16).
Si confesar los pecados es señal de cura, callarlos es señal de enfermedad: “Mientras no confesé mi pecado, mi cuerpo iba decayendo” (Salmo 31,3).
El deprimido se siente culpado, y la culpa cuándo es excesiva, es destructiva. Por otro lado, la experiencia que el hombre tiene de ser culpado es positiva, porque lo lleva a tener consciencia de su carencia de Dios, haciéndolo ver cuanto se alejó de su proyecto original de felicidad y plena realización.
En ese sentido, la confesión elimina la culpa “negativa” y a través de la reconciliación, hace al hombre retornar al camino original, liberándolo también de la culpa “positiva”.
El gesto del sacerdote en “absolver” el pecado no es simplemente un gesto terapéutico, y sí un acto de salvación 12. La OMS (Organización Mundial de la Salud) define salud como bienestar físico, psíquico y espiritual. El sacramento de la reconciliación es en ese sentido, la plena restauración del hombre a su totalidad a través del amor gratuito y generoso que restablece la relación quebrada por el pecado.
La gran llave para la comprensión de ese sacramento infelizmente permanece ignorada por gran parte de los cristianos. Es preciso entender que la mayor finalidad de la absolución recibida en el sacramento de la reconciliación es hacernos entender que ya no tenemos necesidad de permanecer en muerte, que esta fue vencida y que ahora podemos cambiar nuestra relación con la vida, mudando de dirección (conversión) y es en ese sentido que la confesión es un sacramento de cura, en aquel sentido que le demos a esa palabra: tratamiento, cuidado.
Una vez tratadas nuestras heridas, esforcémonos para andar por otros caminos, donde el pecado, la culpa, en fin, toda especie de mal, no nos continúe hiriendo más.
Es así que los sacramentos de la reconciliación y de la eucaristía son complementares entre sí y útiles en la cura contra la depresión. Si son bien recibidos, esos sacramentos nos curan y nos devuelven la paz.
Sugerencias para transformar los sacramentos en “fuente de cura”
1. Nunca dejes los sacramentos. Dejárlos es lo mismo que dejar a Jesús y “quien no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1Jo 5,12b).
2. Procura recibir los sacramentos con consciencia, no sin antes haber reflexionado: “que cada uno se examine a sí mismo, y así coma de ese pan y beba de ese cáliz. Porque si come y bebe sin fijarse en que se trata del Cuerpo del Señor, para su propio castigo come y bebe” (1Co. 11,28-29).
3. Reciba los sacramentos con fé, pues “sin fé es imposible agradar a Dios” (Hb. 11,6)
4. Después de haber recibido algún sacramento, acuérdate que te conviertes también en un sacramento (señal) de Jesús hacia los hombres, “para que nadie encuentre en ustedes culpa ni falta alguna. Sean hijos de Dios sin mancha en medio de esa gente mala y perversa. Entre ellos brillan ustedes como estrellas en un mundo oscuro, manteniendo en alto el mensaje de vida.” (Fil. 2,15-16).
5. Por último, vive en acción de gracias y síentete la persona más privilegiada de este mundo por tener a tu disposición tan grandes dones de Dios que son los sacramentos. Cada vez que necesites, ellos estarán ahí a tu disposición.
| 9. |
TOMÁS DE AQUINO Opusculum 57 In festo corporis Christi, Lect. 1-4 |
| 10. |
DS 1642 |
| 11. |
CRUZ, Joan C. Eucharistic Miracles, p.xvii |
| 12. |
CATALAN, Jean F. Depressão e vida espiritual, p. 74 |
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