Nuestra propuesta de “tratar” al herido del alma, comprende tres etapas:
1. Diálogo
“ Perdemos tiempo” escuchando. Nuestras confesiones son demasiado rápidas, no tenemos tiempo de escuchar, no nos disponemos a escuchar. Aquí la persona hablará todo lo que quiera para que tenga tiempo de llorar, de desahogarse, de reclamar, en fin; de “sacar todo para afuera”. No se trata de una confesión. Es como si una amiga fuese a conversar con otra amiga, solo que en este caso la amiga le dará consejos a la Luz de la Palabra de Dios.
2. Escuchar
Ahora que la persona ha hablado el tiempo suficiente, es el momento en que la lectura de la Palabra de Dios viene para iluminar la vida, indicar caminos nuevos y renovar la esperanza.
3. Oración
Entendemos que las personas no son amadas, ni se sienten queridas, ni tampoco importantes. Suavemente, colocamos las manos en su cabeza e invocamos al Espírito Santo, con la plena seguridad de que él es el “fuego abrasador”, aquel que trae a Dios al corazón y que renueva nuestras fuerzas. No se trata de um acto mágico, ya que ante esto no prometemos cura. Simplemente con esto lo que queremos decir es: “Estoy contigo, puedes contar conmigo”. La idea del “toque” de las manos es como el toque de la madre que acaricia a su hijo en los brazos. Nada más que eso. Quizá las personas busquen “artes de magia” y “oraciones milagrosas” porque perdemos la noción de cúan importante es tocar, mostrándo que se está allí. |