Hicímos una introducción a la experiencia que Abraham tuvo de Dios como aquel que desea estar presente en todos los aspectos de nuestra vida a fin de responder a cada una de nuestras necesidades, esto es, tenemos la felicidad de tener a nuestro lado un Dios, y bastará llamar por su nombre que Él estará allí. Si preguntáramos a Jesús lo que el vino a hacer en esta tierra, el nos respondería: “Yo vine para que ustedes tengan vida y la tengan en abundancia” (Juan 10,10).
Esa vida en abundancia podemos encontrarla en todos los aspectos de la vida del pueblo de Dios. Basta ver como Dios se tornó alguien presente, providenciando para que su pueblo no se sintiera privado de ninguna cosa. Mientras caminaban en el desierto, sintieron hambre, clamaron a Dios y él hizo caer pan y carne del cielo. Cuando estuvieron con sed, el Señor les hizo brotar agua fresca de las rocas, cuándo cercados por enemigos feroces, experimentaron la acción de un Dios guerrero que luchaba al frente de sus tropas. Durante los cuarenta años que peregrinaron por el desierto en busca de la tierra prometida, fueron diariamente suplidos por agua y alimento, y apesar de estar cercados por una tierra árida y sin vida, jamás se fueron a dormir en la noche con el estómago vacío.
Quizá una de las más lindas e impresionantes historias de un Dios Proveedor nos venga del profeta Elías en una de sus incursiones por la ciudad de Sarepta (1Reis 17,7-24)
En aquel tiempo no llovía más. El hambre debastaba todas las regiones del país; entonces Dios ordenó que Elías se dirigiera a una ciudad llamada Sarepta y allí se instalara en la casa de una viuda. Ella debería sustentar al hombre de Dios mientras estuviése allí. Llegando a la casa de la viuda, pidió que fuera a buscar agua y pan, pues estaba con hambre y con sed, después de la larga caminada. La respuesta de la mujer fué chocante: “solo tengo un poco de harina y un resto de aceite. Fui a recoger leña para preparar la mezcla para mi hijo y para mí, para en seguida morirnos”. Elías le aconsejó que no temiera y que hiciera lo que estaba pretendiendo, pero que le sirviera el pan, y después, que confiara, pues a partir de aquel día “la harina en la olla no se acabaría y la vasija de aceite no se desocuparía”. La mujer obedeció y de aquel día en adelante nunca más faltó alimento en aquella casa.
De esta linda história, podríamos sacar varias conclusiones, pero tal vez la más importante sea esta: Muchos no tienen vida próspera y abundante porque se concentran en su miseria o en aquello que les falta. Cuándo nuestro corazón teme en continuar apegado a las cosas muy pequeñas y sin importancia, dejándo de lado las mayores y más importantes, es como se vendiésemos nuestra alma por una cuantía irrisoria, y así limitamos el poder que Dios tiene de completar todas las medidas de nuestra alma. El podría darnos mucho más, pero por tener un corazón mesquino y que piensa muy bajo, el se siente impedido de dar todo lo que puede para hacernos felices y realizados.
Elías mostró para aquella mujer que, apesar de estar vivendo en miseria, una forma de salir de esa miseria era justamente abrir mano de todo el resto que poseía. Parece ilógico, pero Dios puede no necesitar de nuestra lógica para mostrar su fuerza. Elías mostró para aquella viuda que ella estaba mirando demasiado para lo que faltaba en su olla, olvidándose de mirar en la dirección de aquel que debería ser la prioridad en su vida. Era necesario que aprendiese la difícil lección de reducir la importancia de las cosas en su vida, y esto no era muy placentero, una vez que con esto abriría mano hasta de su própio sustento, pero era algo absolutamente necesário, de lo contrario, Dios no podría ocupar el lugar que le pertence: el centro de nuestras atenciones.
Es muy bueno hablar y escuchar al respecto de un Dios que está siempre a la mano para socorrernos en todas nuestras necesidades, no obstante, antes és necesario, realizar una búsqueda seria dentro de nosotros mismos y descobrir que cosas andan ocupando el lugar que le pertence únicamente a Dios. Nunca nos gusta lo que vemos, porque pensamos que aquel resto de harina y aceite es la única cosa que todavía nos garantiza continuar sobrevivendo. Parece una lección demasiado difícil el dejar aquello que para nosotros representa la única salida.
La mayoría no confia mucho que sea verdad que para que nuestra vasija quede llena, es necesario desocuparla y que la única porción de pan tenga que ser descartada con el fín de que el alimento grande comience a fluir nuevamente. Es preferíble, o por lo menos más seguro, guardar lo poco que resta, confiándo que aquello nos va a garantizar la sobrevivencia en el futuro.
Tal vez para nosotros sea importante confiar en el mercado financiero, en los ahorros, y en las inversiones como remedios contra la crisis. No obstante, es bueno saber que Dios no trabaja con la lógica del mercado. Allí, en medio de tanta necesidad y hambre, una única casa fué resguardada de la miseria. Y porque las otras no tuvieron la misma suerte? Talvez porque no lograron abrir mano de la excesiva confianza en aquello que les garantizaba el sustento, o tal vez porque no creían lo suficiente en que Dios Proveedor tiene en las manos el poder y la llave de la vida abundante. Mirámos como bobos para la olla vacía y nos olvidamos de las infinitas posibilidades que, como hijos de Dios poseemos.
Antes de vivir una vida abundante, la viuda de Sarepta necesitaba entender cual era su real enemigo. Antes creía que era la sequía que castigaba al país. Eso me recuerda de un reportaje sobre sequía que asistí hace algún tiempo atrás. Un padre, párroco de una región extremamente seca de Nordeste, con la ayuda de la comunidad, consigió transformar aquella región desolada y pobre en una tierra fértil y gran produtora de hortalizas. Cuándo fué cuestionado por el reportero cúal había sido el secreto de tanto éxito, su respuesta fué muy simple y directa, y me impresionó muchísimo. El dijo que apenas convenció a aquellas personas de que la sequía no era una enemiga, y por tanto no era contra ella que tenían que luchar. Antes de ellos, ella ya existía allí. “No luchen contra la sequía”, decía él. “Luchen con ella como su aliada”. Y dió cierto. Y porqué? Porque encontraron al verdadero enemigo.
Nuestra sociedad está llena de personas vivendo una vida miserable porque están luchando e intentando derrotar al enemigo errado. Corren de un lado para otro buscando apagar incendios financieros y no tienen coraje para encontrar al verdadero enemigo y enfrentarlo.
Una de las lecciones que necesitamos definitivamente aprender es conocer a Dios y recordarnos a nosotros mismos que Él es quien es a pesar de las circunstancias.
La pobre viuda decía: “Yo no tengo nada, voy a morir!” Elías le dijo. “Tú dices eso, pero ahora escucha lo que dice el Señor!”
Ese és nuestro problema. Mirámos para nuestras finanzas, nuestros ahorros, nuestra olla vacía y decimos: “No tengo nada! Dios no me ama más, creo que él me desamparó!”
En efecto, los cristianos conocen muchas cosas al respecto de Dios, no obstante, muy pocos conocen su carácter.
Isaías, en el capítulo 40 nos dá una idea de quien estamos hablando cuando pronunciamos el nombre de Dios: “Quien, pues, medió el mar en la palma de la mano, quien con sus dedos abiertos medió los cielos? Quien midió la materia terrestre, pesó las montañas y las colinas en la balanza?”
Cuándo tratamos con Dios, nos olvidamos fácilmente que el es aquel que tiene todo el poder, y que ninguna de nuestras quejas escapa a su conocimiento, y que cuándo entramos en su presencia a través de la oración, estamos en una audiencia con aquel que asegura todo el mundo con apenas una de sus manos.
Aquella viuda pobre necesitaba aprender eso. Ella tenía que abrir mano de la última miga de pan si quería recibir una cantidad enorme de provisión. Solo así ella sabría que la comida al final de cuentas, no viene de la olla y portanto, no era para la olla a la que ella debería mirar.
La siguiente história nos enseña la misma cosa. Mientras nos apeguemos a algo en nuestra vida como una única tabla de salvación, jamás conseguiremos librarnos de la miseria y de la necesidad:
Un día un sabio realizaba su paseo por una floresta con su discípulo, cuando avistó a lo lejos un sitio de apariencia pobre y resolvió hacer una breve visita. Durante el percurso él le habló al aprendiz sobre la importancia de las visitas y las oportunidades que tenemos de aprender con personas que a veces mal conocemos.
Llegando al sitio, constató la pobreza del lugar: sin calzada, casa de barro, una pareja y tres hijos, vestidos con ropas rasgadas y sucias... Entonces se aproximó del señor, aparentemente el padre de aquella familia, y preguntó: "En este lugar no hay señales de puntos de comercio ni de trabajo. “Como es que el señor y su família sobreviven aqui?" Y el señor calmamente le respondió: "Mi amigo, nosotros tenemos uma pequeña vaca que nos dá varios litros de leche todos los días. Una parte de ese producto la vendemos o cambiamos en la ciudad vecina por otros generos alimenticios y con la otra parte producimos queso y cuajada para nuestro consumo y así vamos sobrevivendo."
El sabio agradeció la información, contempló el lugar por unos momentos, después se despidió y se fué. En medio del camino, volvió a su fiel discípulo y le ordenó: "Aprendiz, cojed la pequeña vaca, llevadla al precipicio allí en frente y empújala, tírala abajo." El joven abrió los ojos espantado y cuestionó al maestro sobre el hecho de la pequeña vaca ser el único medio de sobrevivencia de aquella familia, pero como notó el silencio absoluto de su maestro, fué a cumplir la orden. Así que empujó la pequena vaca morro abajo y la vió morir.
Aquella escena quedó marcada en la memória de aquel joven durante algunos años hasta que un bello día resolvió dejar todo lo que había aprendido y volver a aquel mismo lugar y contar todo para aquella familia, pedir perdón y ayudarlos. Y así lo hizo. Cuándo se aproximaba del local, divisó un sitio muy bonito, con árboles floridas, todo amurallado, con carro en el garage y algunos niños jugando en el jardín. Se puso triste y desesperado, imaginando que aquella humilde família hubiera tenido que vender el sitio para sobrevivir. Apretó el paso y al llegar allá, fué recibido por un casero muy simpático al que le preguntó sobre la familia que vivía allí cuatro años atrás. El casero le respondió: "Continúan viviendo aqui. " Espantado, el discípulo entró corriendo en la casa y vió que era la misma familia que había visitado antes con el maestro. Elogió el local y preguntó al señor (el dueño de la pequeña vaca): "Como fué que el señor mejoró este sítio y se encuentra tan bien de vida?" y el señor, entusiasmado, respondió: "Nosotros teníamos una pequeña vaca que cayó al precipicio y murió. De ahí para adelante, tuvimos que hacer otras cosas y desarrollar habilidades que ni sabíamos que podíamos, así alcanzamos el éxito que sus ojos vislumbran ahora!" |